El sicario Room 164 (Francia, Italia – 2010 – 80`). Dirección: Gianfranco Rosi. Guión: Gianfranco Rosi, Charles Bowden.
Estaba ahí, servido. Pero no: los ochenta minutos de El sicario Room 164 evaden con sabiduría tanto la condena por los asesinatos confesos que narra con minucia el anónimo verdugo –sinopsis oficial y créditos aseguran que sobre él pesa una recompensa en dólares varias veces millonaria–, como la condescendencia ante la evidencia de su arrepentimiento. Hay, sí, una lente extrañada ante tanta crueldad manifiesta y la escalofriante capacidad descriptiva con que se recapitulan crímenes, vejaciones y torturas. Y no es para menos. Habla con la tranquilidad de quien tiene asimilado lo que para cualquier espectador es inasimilable: para él es rutinario hervir vivo a un testigo mientras se le amputan sus miembros cocidos, es cosa diaria esperar un llamado para acabar con una vida. No es en su tono monocorde, veloz pero seguro, donde se denotan nervios ni mucho menos miedo. Es la escritura que estampa mientras narra. Y el trazo no miente: las líneas parecen entorpecerse para salir del grueso fibrón con que ilustra, se enreda, se enmaraña en figuras. Habla rápido, sí, pero escribe aun con más velocidad y ahínco. Es un acto catártico, la liberación de los miles de infiernos almacenados en algún sector recóndito de un alma rejuvenecida desde el contacto con Jesús. Gianfranco Rosi simplemente se aleja y lo mira extrañado. Será el espectador quien decida o no ser su sicario.
NOTA: Este artículo fue publicado en el portal cinemarama.wordpress.com el sábado 30 de octubre de 2010.

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