El sicario Room 164 (Francia, Italia – 2010 – 80`). Dirección: Gianfranco Rosi. Guión: Gianfranco Rosi, Charles Bowden.
Estaba ahí, servido. Pero no: los ochenta minutos de El sicario Room 164 evaden con sabiduría tanto la condena por los asesinatos confesos que narra con minucia el anónimo verdugo –sinopsis oficial y créditos aseguran que sobre él pesa una recompensa en dólares varias veces millonaria–, como la condescendencia ante la evidencia de su arrepentimiento. Hay, sí, una lente extrañada ante tanta crueldad manifiesta y la escalofriante capacidad descriptiva con que se recapitulan crímenes, vejaciones y torturas. Y no es para menos. Habla con la tranquilidad de quien tiene asimilado lo que para cualquier espectador es inasimilable: para él es rutinario hervir vivo a un testigo mientras se le amputan sus miembros cocidos, es cosa diaria esperar un llamado para acabar con una vida. No es en su tono monocorde, veloz pero seguro, donde se denotan nervios ni mucho menos miedo. Es la escritura que estampa mientras narra. Y el trazo no miente: las líneas parecen entorpecerse para salir del grueso fibrón con que ilustra, se enreda, se enmaraña en figuras. Habla rápido, sí, pero escribe aun con más velocidad y ahínco. Es un acto catártico, la liberación de los miles de infiernos almacenados en algún sector recóndito de un alma rejuvenecida desde el contacto con Jesús. Gianfranco Rosi simplemente se aleja y lo mira extrañado. Será el espectador quien decida o no ser su sicario.
NOTA: Este artículo fue publicado en el portal cinemarama.wordpress.com el sábado 30 de octubre de 2010.
domingo, 31 de octubre de 2010
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Los jóvenes muertos
Año: 2009
Origen: Argentina
Dirección: Leandro Listorti
Guión: Leandro Listorti
Fotografía: Martín Mohadeb
Edición: Felipe Guerrer
Sonido: Luciano Fusetti, Pablo Demarco
Duración: 75 minutos
Origen: Argentina
Dirección: Leandro Listorti
Guión: Leandro Listorti
Fotografía: Martín Mohadeb
Edición: Felipe Guerrer
Sonido: Luciano Fusetti, Pablo Demarco
Duración: 75 minutos
por Ezequiel Boetti
La gacetilla de prensa de Los jóvenes muertos dice que Leandro Listorti se anotició de los treinta jóvenes suicidados durante la última década y media en Las Heras, un pueblo de diez mil habitantes ubicado al noreste de Santa Cruz, cuando leyó un artículo periodístico en el diario hace poco menos de diez años. Interesado desde chico en el tema de la muerte, el tiempo y la investigación desplazaron el eje de atención hacia su legado. “El atractivo mayor radicaba ahora en preguntarme qué es lo que queda de nosotros luego de morir. Y eso me llevó a otras preguntas: ¿cómo filmar la muerte? ¿Cómo mostrar lo que ya no está? El resultado de esa búsqueda es Los jóvenes muertos, un intento por acercarse a algunas vidas breves y misteriosas. Luchando contra el olvido, y contra el mundo que gira como si nada hubiera sucedido”, reza la explicación que, nos aseguran, él mismo escribió. Menudo objetivo entonces el que se propuso este crítico y periodista devenido cineasta, a quien se le podrán achacar defectos y glorificar virtudes, pero resultará imposible cuestionarle tamaña ambición -cualidad positiva o negativa, según la ética y gusto de cada lector- que exhibe en poco más de hora y cuarto de metraje. ¿Cómo aproximarse artísticamente a esa dimensión inconmensurable que es la muerte? ¿Es posible aprehenderla y amoldarla a la pequeñez de un fotograma? ¿Qué nos lega? ¿De qué forma se retrata el vacío de quienes la sobreviven? Todo eso y mucho más es Los jóvenes muertos.
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| Listorti edifica en su ópera prima una fábula distópica |
Listorti no pretende buscar respuestas concretas al hecho fáctico que dispara el film, no bucea en las causas sino en las consecuencias de la sucesión de suicidios que hasta hace algunos meses ocurrieron a los diez mil habitantes del pequeño pueblo patagónico. Como pocas veces en el cine, donde la evaluación se acentúa con el correr del tiempo, ya la idea de evadir la tentación de ensayar infinitos abordajes sociales, económicos y/o políticos que desembrollen la enredada trama policial resulta meritoria: si aquellos hubieran procurado reconstruir la cadena de sucesos basándose en testimonios de allegados a los casos en cuestión, Listorti enhebra el relato como una variopinta galería de planos fijos que abarcan desde ramas caladas con los nombres de quienes presumimos son los jóvenes muertos, hasta los inhóspitos paisajes patagónicos, siempre tan ralos, eternos y monocromáticos, intercalados con intertextos con el nombre de las víctimas.
Tuve la oportunidad de hacerle una entrevista al director (la pueden leer acá) donde él dice que la primera impresión que causan esas imágenes se vincula con la ausencia. Pero además recuperó, aun en la tragedia de una treintena de muertes, el acto lúdico del cine para hacer en Las Heras una ciudad distópica, vacía, solitaria, puramente maquinal y oxidada. “También está el hecho que las máquinas siguieran funcionando a pesar de que la gente no estuviera, como si toda la estructura sobreviviera a los pobladores como su único legado”, dijo. Aquí no hay protagonistas cárnicos, no hay un presentador o narrador omnipresente que timoneé el relato, sino que la atención está en la cotidianeidad de lo irredimible, en el inicialmente hipnótico y más tarde desesperante vaivén de los extractores de petróleo, combustible de la economía regional, y en la omnipresencia de un viento apenas matizado por las escasas voces en off que contextualizan el relato. No es casual la utilización del verbo contextualizar: todo el film se puede pensar como una extensa contextualización de otra película, una introducción que flanquea los suicidios, carne de cañón para la segunda parte del imaginario díptico.
Tuve la oportunidad de hacerle una entrevista al director (la pueden leer acá) donde él dice que la primera impresión que causan esas imágenes se vincula con la ausencia. Pero además recuperó, aun en la tragedia de una treintena de muertes, el acto lúdico del cine para hacer en Las Heras una ciudad distópica, vacía, solitaria, puramente maquinal y oxidada. “También está el hecho que las máquinas siguieran funcionando a pesar de que la gente no estuviera, como si toda la estructura sobreviviera a los pobladores como su único legado”, dijo. Aquí no hay protagonistas cárnicos, no hay un presentador o narrador omnipresente que timoneé el relato, sino que la atención está en la cotidianeidad de lo irredimible, en el inicialmente hipnótico y más tarde desesperante vaivén de los extractores de petróleo, combustible de la economía regional, y en la omnipresencia de un viento apenas matizado por las escasas voces en off que contextualizan el relato. No es casual la utilización del verbo contextualizar: todo el film se puede pensar como una extensa contextualización de otra película, una introducción que flanquea los suicidios, carne de cañón para la segunda parte del imaginario díptico.
Documental que inquiere y no esclarece, Los jóvenes muertos es aquello que el espectador y su bagaje construyen, más aún cuando la trama pivotea con un asunto usualmente incómodo, por abstracto e infinitas connotaciones moralistas, como la muerte. Por eso estamos ante una película fascinante, sí, pero que parece quedarle chica al dispositivo cinematográfico. Y ese es el único (y mínimo) error ostensible de Los jóvenes muertos, defecto quizá más relacionado con temores metafísicos y el tema que trata antes que con una razón estrictamente cinematográfica. Ya sobre el final del metraje, la interpretación de planos resulta insuficiente, la justeza temporal de éstos es incuantificable, el orden en que se suceden es indistinto porque da la sensación que toda forma plástica resulta insuficiente ante la desmesura de un legado inaprensible que no cabe en una pantalla de cine. No queda otra que esperar nuestra hora para saber qué hay después.
NOTA: Este artículo fue publicado en el portal cinemarama.wordpress.com el sábado 11 de septiembre de 2010.
jueves, 9 de septiembre de 2010
“Estoy bastante enfermo de la cabeza”
Cineasta multiuso, Forte es director, productor, guionista y hasta camarógrafo en sus diez cortos y tres largos. Una retrospectiva de su obra en el ArteCinema viene a darle una visibilidad de la que hasta ahora sólo gozaba en el festival Buenos Aires Rojo Sangre.
Por Ezequiel Boetti
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| El multifacético Forte, cámara en mano durante el rodaje de Celo |
Fabián Forte habla, gesticula y se frota las manos con la verborragia propia de un inquieto, apreciación que se certifica recorriendo su trayectoria laboral. Asistente de dirección en más de veinte largometrajes; director, productor, guionista y hasta camarógrafo en sus diez cortos y tres largos; realizador de videos musicales de bandas independientes; actor en teatro y en proyectos cinematográficos de colegas y amigos, este referente del cine de terror nacional forjó una carrera extensa y variopinta haciendo del trabajo un acto impetuoso y pasional. “El cine es un oficio y, salvo que seas un prodigio, hay que hacer para aprender”, reflexiona. El primer paso, por la longitud inexacta del tranco y la incertidumbre de si existirá otro, es siempre el más complejo. “Al comienzo ganaba un dinero irrisorio, pero era la manera de foguearme, conocer gente y trabajar de lo que me gustaba. Con el tiempo me empezaron a llamar para películas más grandes y dejé de trabajar en producciones de terror hechas con poco dinero”, recuerda uno de los directores del film colectivo Malditos sean!, actualmente en post-producción. Ese salto hacia la industria no alteró su norte. Amante de sets recubiertos de sangre y vísceras artificiales, asegura que el dinero fue y es el limitante fundamental para idear una film de género. “Escribo relegando ideas por cuestiones presupuestarias. Muchas locaciones y personajes significan, hoy en día, una película gigante”, asegura el director de Carnal y Celo, los dos largometrajes que se exhibirán durante todos los sábados de este mes en el marco de una retrospectiva de su filmografía en el Espacio Incaa Km 3 ArteCinema (ver recuadro).
El asistente de dirección de las ya estrenadas Andrés no quiere dormir la siesta y La extranjera armó el diseño de producción de Mala carne, su debut en 2003, con la certeza de que el dinero escaseaba. Por eso optimizó al máximo los recursos editando en cámara y filmando el guión en orden cronológico. “Teníamos la casa a nuestra disposición y nos parecía interesante para los actores seguir un orden. Después pegué cada toma a la otra directamente en la cámara. El 80 por ciento de la película se hizo así”, asegura. El porcentaje restante sí está armado en un post-producción. En 2005, el premio a la Mejor Dirección en el festival de género “Fearless Tales” le abrió las puertas del mercado norteamericano. Una distribuidora estadounidense se interesó en aquella mixtura fílmica de erotismo y vampirismo y compró los derechos de exhibición. “Me llamó la atención que ellos, los reyes de los efectos digitales, le hayan puesto el ojo. Decían que podía darse un fenómeno similar a El Mariachi, porque era una película hecha con muy poco dinero y que transmitía muchas cosas. Pero finalmente no pasó”, se sincera Forte, que a pedido de la empresa rodó un nuevo inicio y desenlace para darle forma en 2007 a Carnal. De ese mismo año data su opus dos, Celo. La historia de un voyeur que se inmiscuye en la relación amorosa de su mejor amigo salió de la misma matriz: poco tiempo, con los recursos a mano, actores amigos y en sus casas. “Tuvimos tiempo para ensayar, algo que hoy en día no te da la industria, donde es muy probable que uno se ponga a filmar sin haber ensayado nunca”, asegura.–Hace algunos años dijo que “hacer cine era una utopía”. ¿Sigue siéndolo?
–Sí, y cada año más. Te tiene que gustar mucho hacerlo. Me doy cuenta de que estoy bastante enfermo de la cabeza para dedicarme a esto. No es que disfruto en cuanto a lo que hago yo, ni soy un egocéntrico que admiro mis películas; al contrario, yo las veo y reconozco muchos errores. Pero el cine es un arte donde uno ejercita a medida que trabaja.
–Es un oficio...
–Exactamente. Johnny To, que filma entre cuatro y cinco películas al año, decía en una entrevista que tiene la necesidad de levantarse para ir a trabajar como una persona normal, él creía que ése era su trabajo. Creo que es una utopía porque el cine independiente está bastante relegado en la industria, pero hay tantos realizadores que en algún momento se va a abrir una brecha, van a tener que inventar o generar recursos para que esas películas se puedan estrenar.
–¿Ahí es donde juega un papel fundamental el Buenos Aires Rojo Sangre (BARS) y los distintos festivales temáticos?
–Sí, totalmente. Considero que el Bafici no representa el cine independiente, pero sí el BARS. Ahí se ven cosas buenas y otras muy malas, pero realmente representan el espíritu independiente. El realizador tiene la oportunidad de presentar una obra, que ellos te den el espacio y que el espectador pueda ver.
–El mercado norteamericano es un habitual consumidor de cine de terror independiente argentino. Ellos compran películas que aquí ni siquiera se estrenan o pasan inadvertidas. ¿Por qué cree que se sienten atraídos?
–Creo que están ávidos de materiales nuevos. Hay problemas en la industria, una gran falta de ideas que se traduce en remakes de películas ya hechas o adaptaciones. Además tienen problemas con los sindicatos de guionistas, que hace un par de años empezaron a pasar a la televisión y dejaron al cine relegado. Quizá buscan gente con una energía distinta que haga otro tipo de cine. Nuestro cine no se caracteriza por tener efectos digitales, que es justamente lo que hoy ves en una película americana. Acá pasa lo contrario, hay muchos grupos especializados en hacer make-up y en armar criaturas de látex. Es volver un poco a los ’70 u ’80, cuando el cine era de alguna manera más artístico y no tan abocado a la post-producción. Ellos ven en nosotros otro pulso a la hora de hacer cine.
De “Carnal” a “Celo”
La retrospectiva de Fabián Forte está compuesta por Carnal, Celo y el cortometraje Dosis, ganador del premio Telefe Cortos en 2004, que se exhibe antes de cada proyección. Protagonizada por Federico Bezenzette, Guido Krolovetski, Alexia Zamparo y Mara Said, la ópera prima de este polifuncional cineasta es el reverso perfecto de la puritana y casta saga Crepúsculo: aquí hay todo el sexo, la sangre y los chupones –características seminales del vampirismo– que Stephenie Meyer olvidó junto al teclado. “Empieza con el encuentro sexual entre dos chicos que conocen a dos chicas. Finalmente ellos se transforman en víctimas. Traté de tocar ciertos tópicos recurrentes en el género, de abordar el vampirismo desde un punto de vista de la mujer como animal”, promete el director. Menos salvaje y más intimista es Celo, cuya trama pivotea en un triángulo amoroso entre dos amigos –-uno de ellos mirón– y una mujer. “Es una película dramática orientada hacia un género que me gusta, el thriller”, indica Forte. El film, protagonizado por Carlos Echevarría, Martín Borisenko, Josefina Sanz y Mónica Galán, se verá los sábados 11 y 18, siempre a las 20. El sábado 25 a la misma hora se verá Carnal.
Esta nota fue publicada originalmente en el diario Página12 el miércoles 8 de septiembre de 2010.
La imagen fue cedida por el entrevistado
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